y con la única compañía de su soledad,
irremediablemente se interna
en las oscuras penumbras de una edad
en la que todo tiende a relativizarse.
Y lo que sólo, hasta ayer,
eran certezas monocromáticas,
hoy, los matices son tan variados
como los estados anímicos
por los que transita a cada instante.
Y en ese incesante e incierto transito
va descubriendo el cambiante mundo
que ha dejado de ser el suyo,
del que todo lo ignora,
del que todo en él le es ajeno,
y al que ha de empezar de nuevo a domesticar,
aunque sea, y sólo
para lo que ya resta de su escaso tiempo.
Y en éste ahora, el poeta,
en éste nuevo mundo recién estrenado,
acostumbra a su espíritu
a la dificil tarea
de adoctrinar sus sentidos,
a la búsqueda de aquellos placeres
que antaño, y con fraternal fidelidad
acompañaron su cotidiano existir
y que hoy no son más que un recuerdo.
Recuerdos ávidos de ser de nuevo vividos,
de nuevo recreados
por su aún eficiente memoria,
libro vital de infinitas páginas
aunque pocas de ellas
dignas de ser rememoradas,
pero ardiente clavo al que aferrarse
ante la amenazante realidad
que cada día con mayor vehemencia,
arrinconan su cuerpo y sus fuerzas
y su ya quebradiza inteligencia
hacia el oscuro mar de violentisimas olas
al que está irremediablemente abocado
en su carrera hacia la ya cercana meta
que pondrá fin a su
por muy pocos valorado existir.
Y mientras éste inmortal arcano,
acorta la distancia
con su ya cercana presa,
el poeta se debate en la cruel duda
que acomete al común de los mortales
entre luchar por permanecer
en éste hoy desconocido mundo
un tiempo más,
unos años más,
o dejarse llevar por la arrulladora voz
de los queridos seres idos antes que él
y que reclaman casi perentoriamente
su presencia de nuevo ante ellos
en el inmemorial ejercicio de comunión
entre ambos mundos,
y al que el poeta, aún dudoso,
y con cáustica sonrisa,
se complace ante su propia incerteza,
en el penúltimo disfrute
de su dilatado pero siempre corto discurrir
por los días de éste mundo
que ya mucho tiempo atrás,
dejó de pertenecerle.

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