Y el viento del norte
traerá consigo las rojizas
y por tanto tiempo ansiadas nubes,
preñadas de la viscosa y fresca sangre,
que en el preciso instante
en que ÉL lo decida,
descargaran su precioso y vital elemento
sobre las hambrientas criaturas,
famélicas tras la larga espera,
en el ayuno forzado por la ausencia
que se pierde en el tiempo,
de otras criaturas que hasta entonces
les servían de sustento.
Muertos, decadentes muertos,
condenados a vivir
en la triste existencia
de la yerma tierra
siglos atrás poblada
por otros seres,
que en su ingenuidad,
no creyeron en la real evidencia de los no vivos,
hasta que éstos últimos,
con la supremacía que les confiere
la eternidad de la que gozan,
pasaron de ser una minoría oculta,
a convertirse en el transcurrir de los siglos
en la raza superior y única de la oscura tierra.
Y todo ello ocurrio en otro tiempo,
en otras vidas,
en otras muertes, las suyas.
ÉL, el primero de la inmortal estirpe
que con su comunión sanguinea
formó las huestes de la universal familia
que hoy pasea su triste realidad
por el páramo en que han convertido
la en otro tiempo fértil patria
de la inconsciente humanidad.
Y ahora, sólos, desamparados y sin más futuro
que la creencia en la incierta esperanza
de que ÉL, supremo hacedor de sus no vidas,
les conceda el dudoso privilegio
de ser núnca suficientemente alimentados
con el ansiado maná que del plomizo cielo
y en forma de roja sangre
deposita sobre sus hambrientas bocas.
Hasta que la locura colectiva
a la que inevitablemente están condenados,
les lleve al fin último, en que la falta
del precioso liquido vivificador,
les empuje al fraternal canivalismo
que ponga fin al por tanto tiempo existente,
imperio de los muertos en vida.

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